Por: Carolina Santacruz
Mi vida se resume en la siguiente frase: Yo nací, crecí, tuve 8 años, luego me convertí en hincha del Pasto.
Así de simple y sencillo. No es nada fuera de lo común, muchas personas son fanáticas de un equipo, sin embargo no todos lo siguen en las buenas y en las malas.
Esta travesía empezó cuando tenía 10 años. Mi papá en su afán de llegar rápido al Libertad agarró su cachucha, un cojín y me dijo –apúrese-. Con la inocencia de un niño que jamás había pisado un estadio, decidí arroparme y aferrarme a su mano. Él daba pasos agigantados, veloces y certeros. Lo recuerdo muy bien. Tenía una sonrisa casi invisible en su rostro. Sus ojos verdes brillaban y sus pasos eran cada vez más rápidos. Llegamos y la fila era extensa. Tenía hambre. La gente daba vueltas. El sol ardía en el cielo. Pitos, bocinas, banderas y bombos. Así fue aquel diciembre del 1998, una época imposible de borrar. Desde ese día mi vida cambio del cielo a la tierra.
Luego de abrazar la gloria y la victoria, decidí seguir no al equipo de mi tierra, sino al máximo representante de una región y de una raza.
Todas aquellas campañas llenas de alegrías y tristezas me enseñaron que el verdadero hincha tiene un canon que cumplir. Muchos se quedan en simples espectadores, seguidores ocasionales o simplemente oportunistas que se acostumbran a subirse en el bus de la victoria. Pero un verdadero y fiel seguidor tendrá que sufrir las amarguras que da la derrota, la ansiedad que produce el tiempo, la decepción que dejan algunos partidos, pero sobre todo tendrá que aprender a lucir con orgullo y en todos los lugares a los que vaya la camiseta tricolor.
Han sido 14 años de historias, de jornadas futboleras a las que algunas veces se llega con las ganas de alcanzar el cielo con las manos pero sales con ganas de cavar un hueco y esconderte allí. Sin embargo todo es parte de un constante aprendizaje para lograr el título de hincha fiel, ese al que aspiran muchos pero sólo el tiempo le otorga ese lugar a los más constantes y privilegiados.
Domingo tras domingo me fui dando cuenta de quién me estaba enamorando, de dónde lo estaba haciendo y cómo me sentía. Y hoy puedo decir que no cambiaria por ninguna razón aquel día en el que por primera vez pisé el Libertad.
Los días más felices de mi vida se vivieron en un aire de impaciencia y anhelo, esperando desde el lunes que llegara rápido el domingo. La semana se hacía lenta. Sin embargo las ansias finalizaban.
El día del señor llega. El itinerario es largo. A las doce del día y con la camiseta puesta salgo hacia el Libertad, no antes de pasar por el excelente y suculento almuerzo que me espera en la casa de mi abuelita.
2 de la tarde y el corazón a mil. En las calles otros igual que yo inician la jornada futbolera.
Así como cuando tenía 8 años mi fiel acompañante sigue a mi lado. Me lleva de la mano, hablamos de fútbol, él me cuenta sus experiencias y yo las mías. Nos reímos, recordamos pasajes de nuestra vida. Somos tan diferentes pero nos une este gran sentimiento. Mi padre y yo nos sentamos casi en el centro de la tribuna. Con 14 años de asistencia, es imposible que la gente no te reconozca. Saludos por aquí saludos por allá.
Se acerca la hora, son las 3 15, los pitos suenan, se entona la Guaneña. De repente saltan a la cancha los 11 jugadores que tan ansiosamente estaba esperando.
¨Las trompetas anuncian la gloria y Nariño responde vencer- se convierte en la etiqueta que da comienzo a los 90 minutos más emocionantes de la semana.
Durante el partido son muchas las voces que se escuchan, unas de inconformidad, otras de susto, algunas positivas, otras jocosas y los gritos de las mujeres primíparas que dicen: `que no que no que no`
El rival es fuerte. El gol no entra. La desesperación nos invade. Pero llega el zarpazo final. El grito de gol se escucha hasta en el infinito y más allá. Es el éxtasis del día. Toda la paciencia que aguanté en la semana tuvo su recompensa una victoria con sabor a gloria. El juez finaliza el encuentro. Se baja el telón y comienza de nuevo mi espera hasta que llegue el próximo partido.
Y así es la vida del hincha, o bueno, de los apasionados como yo. Quizás muchos se identifiquen con estas letras y a otros les suene muy rosa, lo cierto es que cualquiera que comparta una afición se dará cuenta de que un sentimiento no surge de la noche a la mañana, el proceso es largo y algunas veces doloroso.
Finalmente no puedo dejar de resumir mi sentimiento con la frase de una canción muy famosa: Súper Depor: Si mil años viviera, mil años te quisiera.
@Caro_SanPerZ
@Caro_SanPerZ
11/05/2012

