noviembre 12, 2012

Jazz en el nido de cóndores

Foto: @pan_de_queso
Por: @Pan_De_Queso
En días pasados, se realizó en nuestra ciudad la segunda edición de “Pasto Jazz, músicas del mundo”, con participación de músicos locales e internacionales que ofrecieron un banquete musical para los afortunados que tuvimos la oportunidad de asistir.

Y no es para menos si en los anuncios se promocionaba el homenaje al maestro Edy Martínez, pianista de gran calidad y trayectoria musical ampliamente conocida además de las presentaciones de músicos italianos, franceses, e israelíes y la exposición de los nuevos talentos nariñenses que ofrecen un panorama gratamente esperanzador.
El banquete estaba servido y el Teatro Imperial se aprestaba a servir como enlace entre nuestra cotidianidad, la música y el mundo.

 Al hablar de jazz, nos referimos a sonidos alejados del mainstream, música que poca difusión tiene en los medios y que ha sido encasillada como difícil de asimilar, pues el fraseo de un saxofón o la improvisación de un pianista, son un lenguaje que nos es difícil descifrar al no estar expuestos con frecuencia; por lo tanto, estamos hablando de un lenguaje hablado con instrumentos, solfeos y acordes en los que lo inesperado puede estar esperándonos en el siguiente compás y que sin duda constituye una experiencia única e irrepetible.

Como la naturaleza propia de la vida. Y único e irrepetible fue cuando ansioso esperaba la presentación de “Sakesho”, un grupo francés que jamás había oído nombrar y del que no tenía ninguna referencia, salvo cuando leo el folleto de programación y veo que entre los integrantes se encontraba el músico estadounidense Andy Narell, uno de los principales intérpretes y difusores a nivel mundial del ‘steel pan’ o ‘tambor de acero’, un instrumento oriundo de las islas de Trinidad y Tobago que lo fabricaban con los tanques de petróleo que abandonaban los marineros.

En ese momento, cual protagonista de novela, me repetía en mis adentros: “¡no lo puedo creer!, ¡no lo puedo creer!” y traté de buscar un sitio con mejor visión, pues era consciente que este show es de esas cosas que difícilmente se pueden repetir en nuestra ciudad. Sakesho desde el primer momento cautivó al público, pues su alegría contagiosa (al ser oriundos del Caribe francófono), su esfuerzo por articular algunas palabras en castellano y la ejecución de su música, impregnaron una atmósfera festiva en el lugar, haciendo que no pocas personas se levanten de la silla bailando entusiasmados aquellos compases que oscilaban entre jazz, calypso, reggae y algo de funk. Mención aparte merece su depurada técnica; el virtuosismo de Michel Alibo en el bajo y Jean Fanant en la batería me llamaron particularmente la atención y fueron de especial importancia cuando como solistas, eran quienes llevaban la canción a través de su inventiva con la precisión y destreza que requiere un artesano, sin descuidar los detalles para luego entrar en la sincronía del cuarteto y habernos trasladado por el paisaje sonoro que plasmaron en esa noche.

 Erróneamente consideré que el cuarteto giraba alrededor de Andy Narell, por ser quizá el más conocido de ellos, sin embargo en el cuarteto antillano hay espacio para todos y ninguno tiene más preponderancia que los demás; todos jugaron, todos se relevaron y en resumen, el grupo funcionó como un reloj bien sincronizado que aquella noche, nos ofrecieron una velada inolvidable para los amantes del jazz. Posteriormente pude asistir a la presentación de Assaf Kehati Trio, un grupo de jóvenes israelíes afincados en Boston y que ya cuentan con grabaciones con el sello Blue Note.

El trío israelí inició con el cálido standard “¿When will the blues leave?” composición de Ornette Coleman, para luego dar paso a composiciones propias con un carácter bastante introspectivo, muy al estilo de Pat Metheny, en el que el virtuosismo de los integrantes invitaba a una forma de viaje por las profundidades del alma; así lo describió el mismo Assaf Kehati en la presentación de “Naked” de su propia autoría, en la que trataba de exponer la desnudez del alma, sus conflictos y escondites que cada uno conoce bien; posteriormente solicitó al público imaginar una carrera de caballos salvajes con intervalos a cámara lenta para la interpretación de “Horses fight”, en la que la guitarra dialogaba plácidamente con la batería mientras el bajo acompañaba como moderador en una animada tertulia; y así, en cada canción y con mis ojos cerrados trataba de concentrarme en la música y poder vislumbrar una respuesta ante el desafío conceptual que proponía el grupo israelí durante toda su presentación. Finalmente se despidieron interpretando el famoso y rápido standard “Cherokee” que puso de manifiesto el virtuosismo y la técnica que posee el trío y que sin duda fue el broche de oro para cerrar una exquisita velada de buen jazz y mucha meditación.

 Pasto Jazz constituyó una muy agradable experiencia para los amantes del jazz, pues el observar a los músicos tocando elaboradas piezas y compases ajenos al mainstream musical, le imprime ese toque especial en el que el oyente es invitado a un diálogo conceptual y genuino, lejos de la dictadura comercial de la música y del esquema prefabricado en software y pistas; elementos que tienen cabida para otros géneros, pero no en el jazz, pues éste es la clara expresión de libertad en términos musicales como bien lo han concebido sus creadores, intérpretes, compositores y seguidores a lo largo del tiempo.

Por otra parte, valga el reconocimiento y agradecimiento a los organizadores del festival por hacer que Pasto entre en el circuito nacional de conciertos de jazz y de esa manera ponernos en contacto con sonidos y tendencias más allá de nuestras fronteras geográficas y musicales. ¡Enhorabuena y larga vida a Pasto Jazz! 

@Pan_De_Queso

 
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